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Hubo un tiempo —lo viví— en que para cruzar Europa hacía falta un pasaporte. Luego bastó un billete de avión. Hoy vale una aplicación móvil y la convicción de que Florencia existe para hacerse selfis delante de una estatua cuyo nombre importa un carajo. Pero quizá haya llegado el momento de invertir el proceso. Modestia aparte, he dado con la solución.




