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Imaginen la escena: Rabat, ministerio de Asuntos Exteriores. Un diplomático de cincuenta años, cuatro idiomas y tres décadas de oficio, abre una carpeta sobre España. No necesita las primeras páginas: sabe quién es quién en Madrid, qué ministro dijo una cosa, qué gobierno prometió otra, qué periódico montará el escándalo, qué empresario telefoneará preocupado, cuánto tardará Bruselas en gruñir y en qué momento exacto empezarán los políticos españoles a insultarse entre ellos. En Madrid, mientras tanto, un ministro toma posesión, pregunta dónde está Marruecos y pide un informe de dos folios, a ser posible con gráficos y poca letra, porque la geopolítica le produce ansiedad.




