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Vivimos tiempos de charlatanes y falsos profetas, entre palabras tan manoseadas que pierden el sentido original. Libertad es una de ellas, sobre todo cuando se la utiliza, paradójicamente, para justificar la sumisión. Ahí tenemos el debate siempre aplazado, siempre incómodo, sobre el burka y el niqab: prendas que cubren por completo el cuerpo y el rostro de algunas mujeres musulmanas —el hiyab es otra cosa, simple pañuelo en torno a la cabeza—. Y que, según notables idiotas con voz pública, son expresión legítima de identidad y autonomía.




