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Después de las intuiciones de Heráclito, acaso los fragmentos más famosos sean los que Roland Barthes ideó para disecar el amor en su cualidad de cosa móvil e inasible, fluida. Fragmentos de un discurso amoroso es el epítome de esa forma de escritura modular, que avanza a golpes de certeza y en varias direcciones a la vez, sin aspirar necesariamente a constituir un todo, pero sin renegar tampoco de la unidad posible. “En su cabeza –nos dice Barthes en su célebre libro– el enamorado no cesa en efecto de correr, de emprender nuevas andanzas y de intrigar contra sí mismo. Su discurso no existe jamás sino por arrebatos de lenguaje, que le sobrevienen al capricho de circunstancias ínfimas, aleatorias”.




