
¿Por qué nos fascinan los gemelos? Entre la mitología, las artes, la ciencia y la cultura popular
Iguales y diferentes, protagonistas de mitos e incluso objeto de crueles investigaciones: las razones por las que los hermanos idénticos son un imán para el arte y el pensamiento
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Hace apenas unos días, el público de la Ópera Garnier fue testigo de la desesperada travesía de un personaje tocado por la divinidad –inmortal Pólux– para salvar a su gemelo –mortal Cástor, asesinado en batalla–; tan denodado su empeño que, hacia el final, logra convencer a su padre Zeus de reparar el injusto desequilibrio. El dios de dioses permite que sus hijos estén juntos por la eternidad, aunque bajo ciertas condiciones. No volverán a jinetear alegremente sobre la faz de la tierra, cazar a gusto, navegar tan campantes codo a codo. En cambio, permanecerán unidos en el cielo, transformados en la constelación Géminis. Un destino estelar al que Pólux, que no concibe la vida sin Cástor, accede sin titubeos en el desenlace de la ópera barroca Castor et Pollux, del compositor francés Jean-Philippe Rameau, una tragedia lírica del XVIII inspirada en la mitología griega, que acaba de tener renovada lectura en París, con mise en scène del siempre audaz Peter Sellars.

Conocido por anclar obras clásicas en contextos políticos actuales, el gran artista estadounidense se planteó que, en este presente de tajantes y a veces violentas divisiones, ¿qué mejor que fomentar el sentimiento fraterno y, por extensión, la unión y solidaridad? Así, con esta actualización fue al rescate de una de las tantas leyendas del lejano pasado que han dado a los gemelos un papel central, encarnando fuerzas opuestas o complementarias, reflejando el equilibrio del cosmos, la tensión entre la luz y la sombra.
Héroes y fundadores
En la civilización mesoamericana, Quetzalcóatl y Xólotl simbolizaban esta dualidad: el uno, portador de sabiduría, creación y conocimiento; el otro, de oscuridad, ocaso y muerte. En la cultura hindú, los divinos Ashvins recorrían el cielo juntos y a la par, curando heridos, obsequiando vacas. En el texto sagrado maya Popol Vuh se narra la gesta de Hunahpú e Ixbalanqué, gemelos heroicos que descendieron al inframundo desafiando a las fuerzas de Xibalbá. Narraciones por el estilo se repiten en los mundos nórdico, polaco, germánico… Ninguna tan notoria como la de los hijos de Marte y de la vestal Rea Silvia: Rómulo y Remo, esos niñitos amamantados por una loba tras ser abandonados a la vera del Tíber, que años más tarde –según una leyenda que ofrece variaciones– se convirtieron en fundadores de Roma.

Adorados cual deidades, condenados como monstruos, exhibidos como fenómenos, reducidos a meros objetos de estudio: a lo largo de los siglos, los gemelos nunca han pasado inadvertidos. Hoy representan el 2,5% de los nacimientos, relativa rareza que en parte explica la fascinación que todavía suscitan. En especial, los idénticos o monocigóticos que, a diferencia de los fraternos o mellizos, se originan de un único óvulo fecundado y comparten el 99,99 % de su adn (no así las huellas dactilares). De hecho, los números se afinan muchísimo si consideramos únicamente esta forma de gemelidad: 4 por cada 1000 partos, según estadísticas. Y eso que la tasa ha crecido significativamente desde los años 80, en buena medida a causa de los tratamientos de fertilidad. Solo en los últimos años, la incidencia ha comenzado a disminuir levemente, como si ya se hubiera alcanzado un pico.
Adorados cual deidades, condenados como monstruos, exhibidos como fenómenos, reducidos a meros objetos de estudio: a lo largo de los siglos, los gemelos nunca han pasado inadvertidos”
Lo que se mantiene estable son los contrastes que personifica esta figura duplicada, que en la Argentina festeja su día el 21/12 (por evidentes razones de simetría): amor y rivalidad, colaboración y conflicto, destino y libre albedrío. Su existencia desafía las fronteras entre el yo y el otro, entre lo natural y lo extraordinario. Algo que, en algunos casos, despierta admiración; en otros, simple y llana pavura.
En el suroeste de Nigeria, por ejemplo, los yoruba los tienen por heraldos de buena fortuna; se cree que comparten un alma y que, si uno muere, el otro estará en peligro. Para cuidar al superviviente, le tallan estatuillas de madera que funcionan como sustitutos espirituales, alimentadas con frijoles, aceites, frutas. En el otro extremo, están los antamba hoaka, en Madagascar, que recuerdan viejas creencias medievales que los daban por pájaros de mal agüero, dañinos para cosechas y ganado, encarnaciones demoníacas que por “sentido común” habían nacido contaminados por el libertinaje de una madre inseminada por dos varones. En épocas pasadas, los antamba hoaka recurrían directamente al infanticidio; a la fecha, todavía apelan al ostracismo, al abandono.

Espejos en el arte y la literatura
“Una fotografía es un secreto sobre un secreto. Cuanto más te dice, menos sabes realmente”, declaró Diane Arbus, excelsa artista que cuestionó la noción de normalidad al retratar a los distintos, los marginados, los fuera de norma. Respetuosamente, pacientemente, sin pizca de morbo o de sensacionalismo. ¿Qué secreto esconderían las indistinguibles niñas Wade, Colleen y Cathleen, una sonriente, la otra más bien taciturna, en su icónica foto de 1967?

Tomada en un encuentro de gemelos, mellizos y trillizos, en New Jersey, esa pieza prácticamente invita al juego de las diferencias más sutiles. La imagen –que parece contradecir la idea de que todos somos únicos– muy probablemente haya servido de inspiración a Stanley Kubrick para imaginar a las fantasmales niñas de El resplandor, que merodean ¿o custodian? los pasillos del recóndito hotel Overlook en esta adaptación de la homónima novela de Stephen King, uno de los tantos autores que exploran esta temática que desplegara previamente, en la primera mitad del XIX, Edgar Allan Poe en su clásico cuento William Wilson, acerca del doppelgänger, el doble negativo de un personaje.
Tampoco se han privado, con siglos de diferencia, Shakespeare (La comedia de las equivocaciones, entre otras obras), Angela Carter (Niñas sabias), J.K. Rolling (en la saga Harry Potter), Hergé (Las aventuras de Tintín)... Todos nombres que forman parte de un etcétera inabarcable que podría contemplar ensayos como How to be multiple, de Helena de Bres, o Twinkind, de William Viney, editados hace meses, con muy buenas reseñas.
De la cosecha local se impone mencionar el perturbador relato Usurpación, surgido de la imaginación exuberante de Beatriz Guido que –idealmente– leyeron las gemelas Paula y María Marull (prestigiosas actrices, dramaturgas, directoras) en el ciclo que dos años atrás organizó José Miguel Onaindia en El Cultural San Martín con motivo del 100 aniversario del nacimiento de la autora.
En el imaginario popular, uno es bueno y el otro malo, como si en ellos se materializara la bipartición que todos llevamos dentro y que nunca termina de articularse”
“He aprendido que un cuerpo puede, a veces, pertenecer solo a otro cuerpo”, concluye la narradora de este cuento marcado por la violencia, la perversión apenas disimulada y el tremendo resentimiento de una muchacha que es reflejo despiadado de su gemela tullida y poco menos que santificada.
¿Dos caras de la misma moneda?
“Los gemelos generan una fascinación universal. Es difícil apartar la mirada de ellos, quizás porque encarnan la ilusión de una completitud que todos anhelamos: son dos mitades que se complementan, que parecen leerse el pensamiento, que nadie distingue con facilidad”, explica la psicoanalista argentina Laura Palacios, autora de libros como Provincia de Buenos Aires, Hadas, una historia natural, El bolero, canto a la felicidad clandestina. “Pero esa unidad también inquieta –prosigue en diálogo con la nacion la especialista–. En el imaginario popular, uno es bueno y el otro malo, como si en ellos se materializara la bipartición que todos llevamos dentro y que nunca termina de articularse. En esa ambivalencia está la raíz de lo siniestro”.
Freud señala que lo inquietante surge cuando algo familiar se vuelve extraño, recuerda Palacios, “y el doble es una de sus expresiones más perturbadoras: es uno mismo y a la vez otro”. Es insoportable, amenazante por estructura, “como se observa a partir de la Teoría del Espejo que desarrolla Lacan: en este estadio, el niño se mira y se reconoce –por primera vez y con gran algarabía– ya no como un ser fragmentado, sino como una unidad, y se instala el yo como instancia psíquica. Pero también se inicia en la idea de agresividad: lo igual no solo genera identificación, sino que exacerba la competencia, la rivalidad. En los gemelos se da cierta ambigüedad por el fuerte apego mutuamente protector, por la tendencia a estar siempre acompañándose”.
En una de las últimas colecciones de Gucci, de 2022, presentada por el entonces director creativo Alessandro Michele en la Semana de la Moda milanesa, desfilaron sorpresivamente 68 pares de gemelos/as idénticos/as; primero por separado, luego de la mano”
Hay quienes plantean que, técnicamente, el doble es propiedad del cine, que duplica la realidad al registrarla. Quizá esa sea la razón por la que, desde sus inicios, el séptimo arte se ha divertido multiplicando a personajes, muchas veces valiéndose de trucos. Georges Méliès, en Le mélomane (1903), coloca la misma cabeza infinitas veces sobre un pentagrama; un “yo” musical que deviene muchos. Los inseparables Stan Laurel y Oliver Hardy se desdoblan en Our Relations (1936), de Harry Lachman: interpretan a dos amigotes que se topan con sus clones naturales dando pie a desternillantes malentendidos.
En su obra magna Freaks (1932), Tod Browning no necesitó triquiñuelas de edición o efectos especiales: destaca la humanidad y particular belleza de los fenómenos de feria fichando a verdaderos artistas circenses, incluidas las siamesas Daisy y Violet Hilton. En el film, cuando una besa a su novio payaso, la otra también lo pasa pipa… Del lado del melodrama, A stolen life (“Una vida robada”, 1946), de Curtis Berhardt, con Bette Davis como Kate –modosa, amable; y Pat –lanzada, ostentosa–, flechadas por el mismo galán. Del terror más desconcertante, Sisters, de Brian de Palma. O bien, la intranquilizadora The other (“El otro”, 1972), joya olvidada de Robert Mullingan, sobre un niño –¿o dos?– la mar de villano.
En otro orden de cosas, hemos visto a gemelas servirse del engaño para fines menos espurios en títulos entrañables como The parent trap (“Juego de gemelas”), del 61, cuya remake de los 90 –dirigida por Nancy Meyers y protagonizada por Lindsay Lohan– cortó muchísimos tickets. Sin embargo, acaso el caso más disruptivo sobre el intercambio de identidades sea Dead ringers (1988). Lo fantástico y lo macabro se conjugan en esta obra firmada por Cronenberg que presenta a un Jeremy Irons desdoblado, interpretando a dos ginecólogos que llevan con éxito (para sus licenciosos fines) el juego de la suplantación. Seres prácticamente en simbiosis, el casanova y el tímido aprovechan su semejanza total para compartir chicas. Hasta que el amor de una mujer pone en severo cortocircuito el trato. Pacto de amor, como se llamó este film en la Argentina, puede ser considerada una de las películas más zarpadas sobre lo idéntico y lo diferente, el doble poder creativo y destructivo de ese par de seres exteriormente idénticos. Recientemente esa creación cronenberiana fue versionada en formato miniserie, con el título Juntas hasta la muerte, con Rachel Weisz como protagonista.
La ciencia detrás del parecido
Pero no solo leyendas, supersticiones y ficciones se han ocupado de alimentar el mito gemelar; la ciencia también ha contribuido con investigaciones sobre, por ejemplo, la socorrida costumbre de inventar lenguajes secretos; sus rasgos contrarios asimétricos (si uno es zurdo, el otro diestro); el hecho de que, en adultez, gocen de mejor salud mental y, por tanto, de mayor expectativa de vida.
Los gemelos han sido irresistibles para la experimentación social y científica; a veces, de dudosa naturaleza ética. Prueba al canto: el victoriano Francis Galton, primo de Charles Darwin, cuyos estudios precursores en el XIX le sirvieron de “base científica” para justificar sus creencias eugenésicas sobre la reproducción selectiva. Deplorable obsesión que, décadas más tarde, llevaría a Josef Mengele a realizar experimentos de crueldad indecible con niños en cautiverio.
Foco invariable en el eterno debate sobre si pesa más la naturaleza o la crianza, una investigación muy citada de la Universidad de Minnesota, de 1979, dio que hablar por las anécdotas colectadas, que abonaron a los supuestos de conexión paranormal, sincronicidad, sexto sentido.

Centrado en seres humanos idénticos separados al nacer y dados en adopción, este estudio mostró similitudes sumamente peculiares. Tal el caso de los hermanos Jim: pese a no haberse visto nunca, sus biografías eran increíblemente parecidas. Ambos se habían casado primero con una tal Linda, luego con una tal Betty; le habían puesto Toy a sus respectivos perros; trabajaban en seguridad; bebían la misma marca de cerveza; vacacionaban en la misma playa. E incluso habían bautizado James a sus primogénitos.
Según una nota publicada el último año en The New York Times, la obsesión por la gemelidad está a punto caramelo: en una de las últimas colecciones de Gucci, de 2022, presentada por el entonces director creativo Alessandro Michele en la Semana de la Moda milanesa, desfilaron sorpresivamente 68 pares de gemelos/as idénticos/as; primero por separado, luego de la mano. De fondo, la voz de la cantante Marianne Faithfull recitando la canción Identical twins, de las hermanas Mary-Kate y Ashley Olsen.
Más allá de la ocurrencia, vale retomar el interrogante del columnista Aatish Taseer en el citado artículo: “En un mundo saturado por las semejanzas a través de deepfakes, chatbots, dobles generados por IA y voces replicadas, ¿será que estamos recurriendo al doble para interrogar qué significa ser uno mismo?”.
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