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Hay un subgénero cinematográfico —a estas alturas, género consagrado— que narra la redención inmobiliaria del urbanita desencantado de la vida. Trama común: él, ejecutivo con barba de tres días, o ella, editora neoyorquina con trauma afectivo y agenda hasta las trancas, hereda, o se tropieza, con una casa en ruinas en algún lugar donde el tiempo quedó detenido porque así es la vida. La Toscana, por supuesto. O como alternativa, un viñedo francés o una casa portuguesa. El patrón es fijo: protagonista roto, cansado, divorciado o traicionado, descubre que su vida anterior era una estafa piramidal emocional. Y entonces aparece la casa.




