
La supervivencia del legionario Manolo
Anécdotas de resistencia en territorio hostil durante una noche de borrachera y confidencias
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Acabo de enterarme de que la OTAN organizó hace poco en España unas maniobras de fuerzas especiales para demostrar la superioridad táctica de cada país miembro. Y que, tras una dura selección, quedaron como finalistas un norteamericano, un francés y un español, como en los chistes que se contaban antes. El gringo era un ranger de Arkansas: armario sin empotrar, con ojos de rumiante asesino y bíceps como jamones. El franchute era otro estilo: delgado, fibroso, con ese aire de intelectual que tienen algunos de allí, que cuando se ajustan el paracaídas parece que llevan un libro de Camus en la mochila. En cuanto al español, resultó ser el inevitable cabo legionario: patillas, chapiri ladeado con precisión geométrica, camisa abierta hasta el ombligo y tatuajes hasta en el prepucio. De los que salen en Málaga llevando al Cristo acojonado mientras, más que cantarle, parece que le riñen.



