
1

En un bello verso que en estas páginas se ha recordado alguna vez, Quevedo define la lectura como el acto de escuchar “con los ojos a los muertos”. Esa escucha silenciosa y solitaria –un arte de la intimidad- es el camino a un diálogo, silencioso también, con aquellos de quienes nos separa alguna forma de la ausencia. Que no siempre es esa distancia inapelable que imponen la muerte o la espesa muralla de los siglos entre quien escribe y quien lee; a veces, simplemente, se trata del azar y de las remotas probabilidades de encontrarse, propias de la multiplicidad de vidas paralelas que habitan en un mismo presente.



