Los tortuosos caminos de un sentimiento turbio
Una deuda de origen difuso aunque legítimo, pero que nos empeñamos en pagar siempre en la ventanilla equivocada
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El hombre es torvo y el consejo que le da a la mujer, perverso. Pero brutalmente eficaz. Solo él sabe que es una suicida frustrada. Solo él la vio emerger, llena de barro y furtiva, del fondo bajo del río. ¿Arrepentida?, ¿asustada de sí misma?, ¿resignada a un nuevo fracaso y al tedio de su rutina hogareña? Que trabaje la culpa, le dice el hombre torvo, ensangrentado y cuchillo en mano mientras desposta la presa que acaba de cazar. Que la trabaje hasta que duela, hasta que haga doler a otros. Solo así podrá seguir; sólo ese sentimiento turbio la mantendrá atada a los vivos. Y será para bien, le insiste, por las buenas razones. Lo que hará (y el resultado de lo que haga) será un buen mal, como propone el título del libro de Samanta Schweblin, que comienza, justamente, con este cuento de la mujer suicida y el hombre torvo.
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