
Pérez-Reverte: “Durante tres siglos, desde Moscú hasta Sarajevo, no viajó solo. Alguien lo llevó consigo mientras huía”
Con la destrucción de la biblioteca de Sarajevo se perdieron millones de documentos: manuscritos otomanos, archivos austrohúngaros, periódicos bosnios del siglo XIX, libros hebreos, musulmanes, ortodoxos
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La noche y la mañana del 25 al 26 de agosto de 1992, Sarajevo ardió como arden los fondos de los cuadros de El Bosco: con esa luz rojiza y lenta que parece venir de las calderas del infierno. Después, como de costumbre, el fuego se convirtió en arquitectura del horror: la forma que siempre tuvo la barbarie. Desde las colinas, la artillería serbia destruía la biblioteca de la ciudad, el hermoso edificio austrohúngaro levantado junto al río Miljacka, que durante décadas había custodiado la memoria de una frontera llamada Europa. Y mientras las llamas devoraban salas y estantes, un cámara de Televisión Española, Paco Custodio, y su ayudante de sonido, Miguel de la Fuente, grababan lo que ningún europeo debería haber vuelto a ver después de más de medio siglo: miles de libros ardiendo deliberadamente.
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