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Hacia 1908, Claude Monet comenzó a percibir problemas visuales durante su visita a Venecia. Entonces se dio cuenta de que los colores estaban cambiando: el azul se atenuaba y todos sus cuadros adquirieron un matiz rojizo, que el pintor creía se habían vuelto “odiosamente falsos”. Recién en 1912, el Dr. Jean Rivière hizo el diagnóstico de cataratas. Fue como una condena a muerte para el pintor. En seguida recordó el tormentoso postoperatorio de la cirugía de Honoré Daumier y su irremediable ceguera, o los problemas de la pintora Mary Cassatt (quien además era diabética) que la llevaron a dejar los pinceles. No, no, Monet no estaba dispuesto a operarse.



