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Paolo no respira. Como un monje tibetano o un profesional de la meditación, este joven de barba tupida y facciones rápidamente olvidables se encuentra en otro plano. El mundo quedó atrás para él, se puso en pausa. Paolo no piensa. No deja que su mente divague. Solo reacciona. Sus huesos, músculos y tendones operan como una máquina bien aceitada. Paolo recarga, apunta, dispara. Y otra vez. Y otra más, con furia, con saña, con todas sus fuerzas. No está solo. A su derecha, a su izquierda, detrás y adelante suyo, lo mismo: lo rodea un coro no de voces, sino de sudor y testosterona, aunado con euforia contra un enemigo en común.



