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Las figuras ilustres abundan en el rugby francés. Jugadores paradigmáticos, con mayor o menor fama, que han dejado rastros indisolubles tras vestir durante años la camiseta azul con el gallo sobre el pecho. Este hombre de 76 primaveras, 1,90 metros de altura y 98 kilos de peso, números casi idénticos a los registrados en su época de esplendor en el deporte, es una de ellas. Hace rato que peinas canas y transmite experiencias y conocimientos. Los pómulos salientes y la quijada ancha, aún hoy, en el otoño de la vida, le dan un aspecto rústico. Una fisonomía áspera, ideal para desenvolverse exitosamente en aquel rugby de los setenta, tan físico, tan agresivo. Sus compañeros de equipo y de selección se enriquecieron con sus vivencias, y luego, al dirigir y orientar jugadores, con la ropa de entrenador, supo transferirles conocimientos para potenciarlos. Este hombre también dejó una valiosa herencia a sus descendientes de sangre, David y Gaëlle, sus hijos: el amor por el deporte y el irrefrenable deseo de superación, que los llevó, como a él, a representar a su país. El varón, de 47 años, heredó la pasión por la pelota ovalada, mientras que la mujer, de 43, le tomó cariño al balón naranja y se dedicó al básquet, con tan buen suceso como su hermano y su padre.
