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El certamen ganado por los All Blacks marcó un punto de inflexión; cómo resultó la experiencia, los cambios que sufrió la competencia y la enorme desilusión argentina
Eran épocas en que las mangas de la camiseta se recortaban con tijera y en que los jugadores se entrenaban con indumentaria propia. En que el try valía cuatro y para patear a los palos se hacía un pocito en el suelo. Épocas en que cobrar por jugar estaba prohibido so pena de ser excomulgado. El rugby en 1987 era muy distinto al de hoy. Pero era también una época en que las cosas empezaban a cambiar. Faltaba todavía un tiempo para que se abrazara al profesionalismo y un abismo lo separaba del carácter global y ultramarketinero que alcanzó en la actualidad. El primer Mundial de la historia, disputado ese año, ofició como un pistón que aceleró la transición y fue el germen de la expansión que experimentó a partir de entonces. Para el rugby argentino también fue un período de quiebre, aunque lejos del auge que sacudió al resto del planeta ovalado, comenzó a retroceder.