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Hace una década, en las oficinas públicas de Reikiavik, la capital de Islandia, los empleados empezaron a salir antes. No les recortaban el salario y tampoco debían recuperar las horas otro día. Empezaba un cambio en la jornada laboral que fue seguido con interés por muchos economistas para determinar si era posible sostener productividad y crecimiento trabajando menos tiempo.




