
Tres jóvenes activistas presionaron al régimen racista sudafricano en su momento más duro con la exigencia de sacar de prisión a quien se volvería líder mundial de los derechos civiles
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Era fines de enero y el verano sudafricano estaba en su apogeo, con miles de personas de todos colores en las playas. No en las mismas playas. Los blancos en las suyas, los negros en otras y los “coloureds”, o mezcla de razas, en otras. Cruzar los límites era impensado, como lo era cruzar cualquiera de las fronteras que dispusieran las leyes racistas del apartheid que regían desde 1948.

