
Victoria y Sarah le siguen los pasos a sus hermanos para dirigir un imperio que desde hace 200 años tiene éxito en la industria
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PARÍS – En la noble familia Faber-Castell, los tests de calidad pueden revelarse tan inesperados como espectaculares. Como cuando, en la primavera boreal de 2012, el conde Anton Wolfgang von Faber-Castell, ante decenas de cámaras, tiró puñados del emblemático lápiz verde desde lo alto de la torre del castillo de Stein, cerca de Nuremberg, sede de la celebérrima marca. Abajo, los productos sometidos a ese salto en el vacío fueron pasados por sacapuntas, para probar que la mina había permanecido intacta al interior.
Por Luisa Corradini

