
Se infiltró durante ocho años en las entrañas del poder de los gobiernos japonés y alemán y fue quien advirtió sobre la invasión nazi, pero fue ignorado; su información ayudó a cambiar el curso de la guerra
El 7 de noviembre de 1944, la Revolución Bolchevique cumplía 27 años. Los comunistas de todas partes del mundo festejaban mientras que en la prisión de Sugamo en Tokio, un hombre daba lentos pasos hacia la horca. Una vez atado de brazos y de piernas, y con la soga alrededor del cuello, sintió la muerte de cerca y pronunció, en un japonés fluido, sus últimas palabras antes de que el piso se abriera a sus pies y cayera rumbo al olvido: “Sakigun! (el Ejército Rojo) Kokusai Kyosanto! (el Partido Comunista Internacional) Soviet Kyosanto! (el Partido Comunista Soviético)”.
