
La Bruja Mala del Oeste de Wicked es apenas el más reciente ejemplo que comenzó con la “rehabilitación” de Maléfica y Cruella de Vil, y nos ha privado de nuevos malvados memorables en pantalla
Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia lejana, los malos eran malos y los buenos, buenos. Vaya uno a saber cuándo se desquició el asunto; la tendencia que puede percibirse por lo menos en el cine de gran entretenimiento es que ya no hay villanos. Los malos tienen sus razones, o son gente incomprendida, o arrastra traumas de infancia; parecen diseñados para ser dignos de comprensión y conmiseración, para que su muerte o derrota, de algún modo, nos conmueva. Es cierto que una parte importante de la poética de Hollywood desde que el cine es cine consiste en la posibilidad ilimitada de redención. Pero incluso en esos casos solía quedar más o menos claro que tal “redención” era más una reparación. No es el caso hoy. Ejemplo de ejemplos -otra vez- Wicked, el musical cuya primera parte (la próxima, dentro de un año) está en las salas de cine. Es la historia de la denominada Bruja Mala del Oeste (el léxico policial tiene su sentido), que en realidad es una persona más buena que el pan y totalmente incomprendida. Pero este caso (de hecho, el musical original es una reescritura de la “maldad”) es más bien el último síntoma de algo que permea todo el entretenimiento masivo desde hace años. La pregunta es ¿dónde están los villanos?

