
Filmada en 1968, debió esperar a la caída del régimen de Onganía para ser estrenada comercialmente y se convirtió en un suceso inmediato; pese a las malas críticas de entonces, con el paso de los años fue revalorizada por su audacia y originalidad
Es hora de decir que la Argentina no ha dado demasiados autores cinematográficos. Y que Armando Bo, con sus ripios, lo fue. A tal punto que es casi imposible asimilarlo a alguna categoría del cine nacional: sus películas con Isabel Sarli no pueden incluirse fácilmente en el melodrama, la comedia o el policial tal cual se los ejercía o ejerce en este país (y son, con mucho, los tres géneros más importantes de la pantalla nativa). Son o pueden ser eso, o pueden incluir la aventura pura y dura (como en India, por ejemplo) o la autoparodia consciente (como en Último amor en Tierra del Fuego). Pero sobre todo son películas de Bo y la Coca. En última instancia, incluso para quienes las han denostado por décadas (ya no quedan muchos especímenes, es cierto, porque el mundo cambia con el tiempo), son un género en sí mismo. Y, sobre todo, en bloque, el conjunto cinematográfico más atacado por la censura y el desprecio en nuestro país.

