
La idea de fantasía y maravilla que los musicales ofrecen no parece cuajar en un mundo más cínico y desencantado
La semana pasada se estrenó la multinominada al Oscar (13 menciones, incluyendo película, director, actriz, actriz de reparto y dos canciones dos) Emilia Pérez, la un poco polémica película del francés Jacques Audiard. Ya habrá leído la crítica (o visto la película), así que vamos a pasar por alto cualquier apreciación. En todo caso, se trata en gran medida de un musical, género que despierta una altísima resistencia en gran parte del público. Es extraño, de todos modos, que se acepte como tal una película sobre un narco que cambia de sexo y no Guasón: Folie à Deux (mucho más compleja en más de un sentido, y de mejor calidad), que fue un fracaso justamente porque es un musical. Hay explicaciones que tienen que ver con los géneros y con lo que el fan del cómic, enorme generador de entradas vendidas, espera. En fin, que dijimos “género despreciado” hoy, aunque no del todo, porque algunas de las películas más exitosas en lo que va del segundo siglo del cine pertenecen al casillero.

