
A partir de 1830, y como reacción a la visión internacionalista de los compositores franceses, alemanes e italianos, el polaco Frédéric Chopin, el bohemio Antonin Dvorák, el noruego Edvard Grieg y el español Isaac Albéniz apelaron a elementos musicales, culturales y folklóricos de sus naciones para expresar su visión del mundo con sus particularidades locales
Renacimiento, impresionismo, clasicismo, barroco, realismo, romanticismo. La historia de la música clásica está jalonada de períodos, escuelas o movimientos cuyas denominaciones provienen desde las artes plásticas, la literatura o de la cultura en general. Después de todo, la música siempre fue, es y será un emergente o, más precisamente, una expresión concreta de movimientos socioculturales cuyas pautas, estéticas y patrones nunca dejan de atravesarla. Pero hay un movimiento musical de gran extensión temporal, el Nacionalismo, cuyo origen no está en el arte ni en la cultura sino que proviene de un movimiento sociopolítico que implica, indefectiblemente, definiciones y posturas ideológicas, asertos identitarios y adhesiones colectivas que desde su surgimiento, en el siglo XVIII, ha generado y alumbrado nacimientos pero también promovido enfrentamientos y guerras. Sin embargo, el nacionalismo musical, estrictamente hablando, es un movimiento artístico maravilloso que, si bien tiene una íntima relación con el nacionalismo a secas, nunca ha generado violencia ni mucho menos conflictos bélicos sino que, por el contrario, ha ampliado significativamente los horizontes de la creación musical y cuya valoración positiva es indudable.

