
El cantautor canadiense reconoció que demoró años en terminar de escribirla; la religiosidad de la canción y las distintas versiones que se grabaron en las últimas cuatro décadas
La situación no será difícil de imaginar. Londres, julio de 2008. Leonard Cohen se acerca al proscenio del O2 Arena. Viste traje oscuro, camisa al tono, abrochada al cuello, y su sombrero característico. En la mano derecha empuña el micrófono, en la izquierda nada, pero igual cierra el puño hasta que comienza a cantar esa especie de plegaria que atraviesa la religiosidad y el agnosticismo en escasos minutos. Sus brazos encogidos se extienden, su mano izquierda se abre mientras la otra sigue sosteniendo el micrófono. Entre el vals y el blues puede haber un abismo o un aleluya. Un aleluya coral de camisas blancas y chalecos negros que suenan a caricia gospel, arropados por los acordes de un órgano blusero. Como dice la canción: “el menor baja y el mayor se eleva” y por eso se entiende que habla de acordes (en realidad, las sensaciones que se generan en el cuerpo cuando los escucha). También habla de acordes cuando pronuncia “It goes like this...”, “el cuarto”, “el quinto” y lo que suena detrás son el cuarto y el quinto acorde de la tonalidad que eligió para su canción, “Hallelujah”.

