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Dicen que cierta vez, a mediados de la década del 50, Mariano Mores y su esposa Myrna estaban caminando por el Montmartre, en París, cuando en una esquina vieron a un organillero hasta lorito tenía. Del precario instrumento salía la melodía de “Adiós, Pampa mía”. El músico se acercó, y con toda humildad le dijo: “¿Quiere que le diga una cosa? Ese tango es mío”. A lo que el hombre le respondió con displicencia: “Si ese tango es suyo, yo soy la Venus de Milo”.




