
Empezó como lustrabotas, pero llegó a ser un referente de la revista porteña y creó un latiguillo que el público no olvidó
Vicente Rubino tuvo una infancia difícil tras perder a su padre súbitamente, pero se sobrepuso a las dificultades iniciales e hizo de la sonrisa su mejor aliada
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El 24 de mayo de 1980 nació Maximiliano, nieto de Vicente Rubino. Su mamá, Aída -”Tití” para sus padres-, fue la única hija del actor. Por primera vez la noticia no era la profesión, los éxitos obtenidos, el cariño de la gente. No, el artista se había tomado un recreo, y el que hablaba era el ser humano, con un corazón explotado de alegría y los mismos ojos serenos y sinceros que su público había aprendido a querer. “Mi nieto representa para mí, en este momento de mi vida, la mayor ambición, y mi ‘papel’ de abuelo, el mejor personaje de mi carrera. No quería irme de este mundo sin poder tener la alegría de un nieto y me siento muy feliz, con mi esposa, de ver que la vida se acordó de nosotros. Por ahora le hablo como si yo fuera un gallego. Todos le hablan muy clarito en castellano y yo cambio la voz, la pongo un poco chillona, y parece que da resultado, porque mueve su cabecita, como buscándome. Trato de hacerlo reír, aunque todavía es muy pequeñito para conseguirlo, pero estoy seguro de que nunca le faltará humor a mi lado. Si he conseguido que mucha gente sonría en mis actuaciones, ¿cómo no voy a lograr que mi nieto sienta la felicidad de una sonrisa cuando me ve?”. No hicieron falta más pruebas: Vicente era uno solo, arriba y abajo del escenario. Un ser humano de una extrema sensibilidad, que no buscaba mucho más que eso: hacer reír.



