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Dar la cara, ir de frente, no importaba ante quién, tampoco medir consecuencias. Augusto Larreta (recorte del mucho más aristocrático Augusto Carlos Antonio Rodríguez Larreta Leloir Unzué) se construyó a imagen y semejanza de sí mismo, ignorando por completo un entorno de alcurnia familiar que habría torcido definitivamente su futuro. Por el contrario, siempre que pudo -y en foros tan disimiles como la actuación, la religión o la política-, se plantó ante Dios y el diablo, defendiendo lo que creía correcto; y en el camino, burlándose del estrato social al que le daba acceso sus apellidos. ¿Le fue bien? No siempre. ¿Él estaba orgulloso? Absolutamente.




