
Homero Manzi: el compositor que respiraba palabras y que tuvo un final precipitado
El poeta, autor de tangos y guionista falleció el 3 de mayo de 1951, a los 43 años

Lo contaba Arturo Jauretche: “Un día Homero Manzi me dijo: ‘Tengo por delante dos caminos: hacerme hombre de letras o hacer letras para los hombres’”. Ya para entonces, el destino -como aquellos 40 cartones pintados- estaba marcado: la mano de Dios ya había hecho de las suyas. Porque Manzi no solamente era palabras, sino también imágenes, remembranzas, sentimientos y poesía: “Yo no soy porteño, pero cuando llegué de Santiago del Estero a Buenos Aires, una casa ubicada en el sur, entre corralones y cerca de una cortada, amparó mi vida. Allí, junto al techo de la sala, estaban los duraznos de doña Martina que alcanzábamos con una caña y una lata afilada. Atrás, los higos españoles y también los palomos andaluces de don Juan, inflando el buche de amor. Pasando la puerta de calle estaba el río de la vida por donde, como extraños barcos, pasaban los tranvías y coches de plaza. Y dando unos pasos hacia la izquierda, la acogedora esquina, la inolvidable esquina. En ella conocí a Roberto, lleno de vida diabólica, maestro de aventuras y a quien la muerte ya le vendó los ojos. Allí conocí a Antonio, que en los carnavales dirigía la murga, y a Carlos, el que trajo desde el centro y entre los labios la melodía del primer tango; a Juan, que se lo llevó el olvido; a Domingo, de quien solo recuerdo su nombre; y a Tuco, que me llevaría por primera vez al cine de la calle Rioja, donde alcanzaban veinte centavos para tomar un capuchino y ver triunfar los puños de la verdad sobre las combinaciones arteras de la traición”.
