
Josephine Baker es recordada por su talento como artista, pero también como una de las personalidades que arriesgó su vida durante la Segunda Guerra Mundial
En el momento en que un grupo de oficiales del ejército de ocupación nazi en París tocó a su puerta, o más bien al imponente portal del castillo des Milandes, una construcción del siglo XV en el sur de Francia, los residentes comenzaron a temblar aterrados: en el sótano se escondían integrantes de la Resistencia. El pánico, sin embargo, no alcanzó a Josephine Baker, la dueña de casa, la artista afroamericana consagrada en Francia, una espía consumada en busca de la liberación de su país de adopción. Con su encanto, recuerdan sus biógrafos, Baker consiguió distraer a los soldados alemanes, que se fueron sin haber encontrado el centro de operaciones clandestino instalado en su hogar: siguió funcionando hasta el final de la guerra. Aquella anécdota, que en la vida de cualquier otra persona sería más que suficiente, es apenas una nota al pie de la biografía de Baker. La artista, nacida a principios del siglo XX en St. Louis, Estados Unidos, fue la primera mujer negra en ser homenajeada en el Panteón, el monumento donde descansan los próceres de Francia como Voltaire, Victor Hugo, Marie Curie y Jean-Jacques Rousseau. Aunque, por pedido de sus hijos, su cuerpo permaneció en el cementerio de Mónaco –la unía una larga amistad con la princesa Grace–, en el corazón simbólico de Francia, una placa y un monumento recuerda a la diosa de ébano, la Venus negra que comenzó su vida en Norteamérica en la pobreza más extrema.

