
La actriz, que fue testigo del paso del cine mudo al sonoro, trabajó incansablemente hasta los 82 años y dejó una profunda huella dentro de la comedia nacional
Al decir de la protagonista, la tarea de esta nota no va a ser sencilla: “Yo no quiero hablar. Todos van a decir: ‘Esta vieja dice siempre lo mismo, ¿no se cansará de repetir su historia? Por eso no quiero contar nada de lo que hice”. Una Olinda Bozán que bordeaba los 80 años se quejaba, medio en broma, medio en serio, de textos como este. Y puede ser que estuviera cansada, porque había pisado por primera vez un escenario a los cinco años, pegadito al cambio de siglo, y desde entonces nunca más paró. Sus ojos fueron testigos del nacimiento del espectáculo argentino; no como espectadora, sino como parte fundamental. Creció junto a él, comiendo salteado, y con el sueño de ser alguien parecido a la que fue: Olinda vio todo, escuchó todo. Hay que convencerla, para que lo cuente una vez más.

