
Recordado como uno de los intérpretes más destacados del cine clásico y por su historia de amor con Katharine Hepburn, Spencer Tracy logró durante décadas esconder debajo de la alfombra su faceta más oscura
El impulso de querer designar “al mejor” en determinada actividad profesional es indiscutiblemente humano. Aunque es cierto que en ciertas profesiones la búsqueda de títulos consagratorios resultan más públicas que en otras. Aunque es probable que designar al mejor chofer de colectivo, la mejor dentista o el mejor equipo de cocineros sería mucho más útil para la vida cotidiana, lo cierto es que el más habitual reparto de superlativos se enfoca en el mundo del espectáculo. Y como bien demuestran cada año los premios Oscar, cuya 96a. entrega está a la vuelta de la esquina, elegir al mejor actor es una tarea de lo más subjetiva. Pero no por eso deja de ser entretenido recordar cómo en Hollywood el mote cambia anualmente o que en una época el acuerdo sobre las dotes artísticas de un intérprete podían deslumbrar al público al punto de que sus costados más oscuros quedaran en las sombras.
