
Contra el habitual alarmismo, Hannah Ritchie anuncia en El mundo no se acaba la inminente llegada de la primera generación sustentable de la historia
Ser pesimista, ser optimista, ver el vaso lleno o vacío, es un viejo asunto que depende por lo general más de los temperamentos, de las personas “que son la medida de todas las cosas”, que de las cosas en sí mismas. Durante décadas el movimiento ambientalista tuvo una cierta tendencia al milenarismo, como si reemplazara al anterior candidato al apocalipsis: la catástrofe nuclear. Por momentos, lucía como una especie de sustituto de las distintas versiones del viejo fin del mundo religioso. Esta tendencia, aunque efectiva en un principio, con el tiempo se tornó en un problema de comunicación del que muchas organizaciones se han hecho cargo: ¿hasta qué punto conviene dar la alarma acerca de las consecuencias para la humanidad de los desastres ambientales? ¿cuánto conviene exagerar para instar a la acción? ¿no puede resultar contraproducente dar a entender que todos moriremos? ¿la civilización está en riesgo? ¿qué civilización?

