
La conquista cibernética como valor supremo relega la capacidad creativa, inherente al ser humano
Marco Denevi, el autor de Rosaura a las diez, dijo alguna vez: “Este mundo ya no es el mío”. Se refería, en su vejez, al dilema que enfrentaba por los cambios que amenazaban con sepultar sus convicciones. No negaba el progreso, sino un modo de vida que la sociedad aceptaba sin cuestionar sus efectos. Le parecía que el rumbo debía ser otro. Se quejaba de la falta de principios y del interés excesivo en lo material. Y al mismo tiempo sondeaba, con inquietud, la incipiente supremacía de las computadoras. Además de sembrar dudas sobre el futuro, indicaba dificultades. Percibía que lo cotidiano, bastante previsible, empezaba a complejizarse. También notaba que entre las causas estaba el avance de un personalismo exento de empatía. Lo suyo no era solo nostalgia.

