
El escritor húngaro ha escrito obras maestras de humor oscuro, pero también supo explorar otras culturas
Hay algo en el nuevo Premio Nobel de Literatura, László Krasznahorkai (1951), que va contra la época. Lo tiene sin cuidado la facilidad de lectura. En tiempos en que dominan los libros de frases telegráficas sigue apostando al estilo. Sus novelas y relatos están “escritos”, como reclamaba hace décadas Edmund Wilson. Tal vez porque comenzó en tiempos previos a cualquier virtualidad, o porque empezó a publicar en los años ochenta buscando sortear la férula de la censura en su Hungría natal, su prosa es compleja, de frases prolongadas. Lo que narra, por su parte, puede resultar prima facie críptico. Sus novelas no tienen –por suerte– mensaje. Cuentan algo, pero sobre todo “son”: son cada una de sus palabras.
