
Un tomo con más de un centenar de sus relatos rinde homenaje al escritor estadounidense, uno de los narradores decisivos de la literatura fantástica y de la ciencia ficción
A nadie debería extrañar que un chico nacido en 1920, es decir apenas finalizada la Primera Guerra Mundial, cuya adolescencia o juventud temprana se acabó de un porrazo con la llegada de otra gran guerra y sus renovadas formas del horror, incluido el broche de oro de un par de promisorias y eufemísticas bombas atómicas, a cuyo cóctel embrionario no podemos menos que sumar un antepasado “bruja”milagrosamente prófugo de los célebres Juicios de Salem, haya dedicado su vida a enrarecer el mundo que le tocó en suerte. Y a imaginar otros que, por añadidura, se empecinó en destruir infinitas veces solo para demostrar que los humanos no tenemos remedio. Claro que un par de guerras y de bombas, más una bruja, no alcanzan para cocer un Ray Bradbury, pero sin duda permiten cifrar un destino.

