
De nuestro archivo, traemos este increíble refugio mínimo en metros pero de creatividad gigantesca, en Punta Ballena.
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Había una vez un pescador que vivía en una casita y tenía una cueva donde guardaba sus redes. Estar a pasos del mar, para él, que juntaba espinaca y mejillones cuando tenía hambre y huía del sol siesteando bajo el único árbol de la playa, era poco más que vivir cerca de la oficina. No se daba cuenta. Un día hubo un huracán y el mar trepó la arena de la playa de La Rinconada, en Punta del Este, Uruguay. Aquel día, a la mujer del pescador el agua le llegó a la barriga. Le entraron ganas de irse. Fue entonces que se la dejaron a Grisel y Ricardo.
Por Lucrecia Álvarez

