
La historia de John Leonard Orr marcó un antes y un después en la manera de investigar crímenes
La meticulosidad de John Leonard Orr es absoluta. No solo porque fue capaz de sostener durante muchísimos años una doble vida en la que combinaba la lucha contra incendios con sus actividades criminales, sino porque, lo que después se convirtió en su sello de identidad, exigía un cuidado quirúrgico y atención al detalle. Es que antes de cada uno de sus ataques se refugiaba en su auto, aguardaba el instante oportuno y ahí, sin que nadie lo advirtiera, preparaba su instrumento asesino: tomaba tres fósforos y un papel rayado amarillo, que ataba con una banda elástica. Teniendo como blanco artículos de poliuretano que ardían en segundos, fingía una renguera y dejaba caer un cigarrillo encendido para dar inicio al horror. Tan efectivo resultó su método que entre 1984 y 1991, se calcula que provocó cientos de incendios, lo que lo convirtió en uno de los pirómanos más prolíficos de la historia reciente.

