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“Yo quiero ser el presidente de la Argentina de Rosas y de Sarmiento, de Mitre y de Facundo, de Ángel Vicente Peñaloza y Juan Bautista Alberdi, de Pellegrini y de Yrigoyen, de Perón y de Balbín”, dijo Carlos Menem el 8 de julio de 1989, al asumir. Prometió ese primer día un gobierno de unidad nacional. Habló de eficacia, desarrollo, bienestar. Obviamente, no usó el término con el cual sus antagonistas, muchos historiadores y casi todos los analistas rotularían la década: neoliberalismo. Ya habría tiempo para las novedades. En el discurso inaugural, Menem prefirió ceñirse a la contraseña peronista clásica: justicia social, soberanía política e independencia económica. Remarcó que su identidad originaria estaba intacta.




