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A comienzos de los años 90, el Museo Groninger ubicado en Países Bajos decidió ampliar su edificio con una propuesta que no se limitara a sumar salas, sino que planteara una nueva forma de relacionar arquitectura, ciudad y experiencia cultural. El proyecto fue encargado a Alessandro Mendini, quien optó por una estrategia poco convencional: fragmentar el proyecto en varias piezas para reducir el impacto del conjunto sobre el entorno abierto y el canal que bordea el edificio histórico.



