Un matrimonio sin herederos legó su fortuna a la educación y dejó uno de los castillos más singulares del país, que hoy alberga al colegio Carmen Arriola de Marín y a un flamante espacio cultural que busca sumarse al circuito patrimonial de la zona
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Hacia fines del siglo XIX, cuando el ferrocarril acortaba las distancias entre Buenos Aires y sus pueblos suburbanos, la alta burguesía porteña descubrió en las barrancas de San Isidro un refugio ideal para pasar los veranos. Lejos del bullicio y con vistas privilegiadas hacia el Río de la Plata, la zona se llenó de quintas de recreo que competían entre sí en fantasía arquitectónica, alejándose deliberadamente de la sobriedad colonial e italianizante que dominaba el resto del Pago de la Costa. En ese contexto eligió instalarse el matrimonio formado por el abogado y filántropo Plácido Marín y su esposa, Andrea Ibáñez Anchorena, quienes adquirieron un predio de casi 20 hectáreas que se extendía desde la actual Avenida del Libertador hasta las mismas orillas del río.



