
A partir de una estructura prefabricada de dos ambientes, una diseñadora la convirtió en un signo de modernidad frente a la antigua calma del fiordo de Geiranger, al oeste de Noruega.
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En los años 60, el padre de Hilde Syltevik-Drablos compró una cabaña prefabricada que él mismo se encargó de ensamblar para tener un refugio de verano familiar. “Cuando murió, quisimos mantenerla, sobre todo por el cariño que él había depositado en ella. Pero sabíamos que, de conservarla, habría que hacerle una ampliación de por lo menos 50m2″. Además, con su marido, querían maximizar las vistas y darle vía libre a la luz, y la experiencia de Hilde como diseñadora de interiores fue un punto a favor al discutir sus ideas con los arquitectos.
Por Lucrecia Álvarez

