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Había que abrir una herida de cientos de kilómetros en una llanura que no era, como sugería la palabra “desierto”, un espacio vacío. Había lagunas dulces y salobres, médanos, campos de pastoreo, montes, rastrilladas indígenas y extensiones de tosca tan dura que volvían inútiles las palas. Había que elegir el recorrido, asegurar agua para hombres y caballos, enlazar fortines, tender el telégrafo y sostener la excavación en terrenos que podían desmoronarse con la lluvia o el viento.




