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Lejos de la exclusividad o la pertenencia, hoy las personas tatuadas se ven en contextos antes impensados: de aulas a oficinas o reuniones familiares, radiografía de una práctica extendida
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Para LA NACIONCecilia Di Tirro

Hasta no hace mucho tiempo, el tatuaje funcionaba como una señal. Algo que separaba, que marcaba una pertenencia o una distancia. El “tatuado” se percibía como rebelde, incluso temerario, o se distinguía como parte de un grupo particular, como hinchas de un club o fanáticos de una banda de música. Hoy, sin embargo, los tatuajes se dejan ver en contextos donde antes resultaba impensado: oficinas, aulas, reuniones familiares. El cuerpo tatuado ya no irrumpe: circula.
Por Cecilia Di Tirro




