
En una esquina de Villa Santa Rita, el bar fundado en 1930 volvió al ruedo en manos de uno de los herederos y su socio
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Se conocieron trabajando en un banco. Los separaban casi 20 años de edad pero entre papeles y billetes se hicieron amigos y comenzaron a compartir charlas sobre todo lo que los apasionaba de la vida puertas afuera de aquella entidad bancaria. Martín Conte pasaba su tiempo libre en bares de Buenos Aires y sabía que quería dedicarse a la gastronomía. Para Miguel Ángel Feas, aunque había elegido otro camino, ese asunto ya venía de familia: su padre, Jesús, llegó a mediados del siglo pasado desde Santiago de Compostela, España, directo al barrio porteño de Villa Santa Rita (en aquel entonces, barrio de tambos y fábricas de ladrillo). Jesús tenía un as bajo la manga: el dueño del bar El Tokio, conocido de la familia, le daría trabajo y techo en cuanto le golpeara la puerta. Así fue como a los 16 años, el padre de Miguel empezó a trabajar de lavacopas durante el día y a dormir en el depósito por la noche, con una caja de verduras como mesa de luz.



