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Hasta el 31 de agosto de 1995, la presencia de un muchacho, de físico enjuto, modales simples, mirada perdida y voz suave en la casa de Cámpora 1568, en San Andrés de Giles, pasó inadvertida para los vecinos. Hasta ese momento, Luis Fernando Iribarren era un hombre gris. Sin embargo, ese día los habitantes del barrio advirtieron que desde hace mucho tiempo que no veían a la dueña de la vivienda: Alcira Iribarren, una maestra jubilada, de 65 años y reconocida en la zona porque había sido docente de varios de los jóvenes de esa cuadra.




