
“Me sentí tan culpable, tan sucia, tan avergonzada”, dijo Candy Montgomery ante el jurado que la absolvió por el homicidio de su vecina Betty Gore en el pequeño pueblo de Wylie, Texas; una vida de silencios y engaños
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El calor parecía flotar en el aire como una promesa amarga. Era espeso, silencioso, de esos que empujan hacia la sombra y hacen que todo se vuelva más lento. El cielo brillaba sin nubes, las calles estaban vacías y en las casas bajas del noreste de Texas las cortinas permanecían corridas para apaciguar los rayos del sol. En Wylie, un pueblo donde nada grave solía pasar, aquel viernes 13 de junio de 1980 empezó como cualquier otro día. Pero bastaron unas pocas horas para que algo invisible comenzara a desacomodarse.

