
Tenía 15 años cuando asesinó al azar a dos desconocidos en Inglaterra y confesó que soñaba con ocupar el lugar de los criminales que admiraba
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En un sendero casi vacío, entre los árboles, un adolescente observaba en silencio a quienes paseaban por el parque. No buscaba a alguien en particular. Esperaba a cualquiera. Llevaba un cuchillo y una idea fija que, según más tarde admitiría, llevaba meses creciendo en su cabeza: quería matar. No por dinero, ni por venganza, ni por odio hacia una persona determinada. Quería convertirse en un asesino en serie.

