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A las 11.10 del 4 de agosto de 1892, Bridget Sullivan descansaba en su habitación del tercer piso cuando escuchó la voz de Lizzie Borden desde abajo. “Maggie, ven rápido. Papá está muerto. Alguien entró y lo mató”. En el salón de la casa de Second Street, en Fall River, Andrew Borden seguía recostado sobre el sofá. Tenía 70 años. Minutos antes había vuelto de resolver unos asuntos y se había acostado a dormir. Ahora su rostro estaba destruido por una sucesión de golpes de un objeto cortante, probablemente un hacha de mano.




