
Desde 1998, Héctor Díaz es camarero en El Gato Negro, en el microcentro porteño; cuando tenía 17 comenzó a dedicarse al oficio
La avenida Corrientes empieza a vibrar lentamente hasta alcanzar el vértigo habitual, pero hay un lugar que parece despertar con una parsimonia natural, porque allí el tiempo se detiene por unos segundos. Es la consecuencia de un shock emocional provocado por un aluvión de aromas que viajan directo al centro del cuerpo y que activa recuerdos. ¿Cuál es el perfume que prevalece? Podría ser el del té verde con naranja y jengibre, o el de rosa mosqueta, o, tal vez, el de arándanos con manzana, o quizás las variedades de curry, de pimientas, cardamomo, vainilla, canela o el café de Brasil. O podría ser la perfecta combinación de todos esos productos, más de 300, que le dan vida a El Gato Negro, el notable escondido entre teatros.

