
María Elena Walsh pasó 11 años en la casona de Villa Sarmiento, hasta que el crecimiento inmobiliario incentivó a la familia a abandonarla; sus primeros versos fueron para sobrellevar esa angustia
Villa Sarmiento solía ser un paraje semirrural, un pago chico de quintas y caserones en la frontera con Ramos Mejía. Allí, un viudo inaugurando su segundo matrimonio, músico aficionado y empleado del ferrocarril New Western compró una casona chorizo, larga, con jardín, árboles frutales, patios de baldosas blancas y negras, y un gallinero en el fondo. Se mudó con su segunda mujer y sus cuatro hijos; dos más nacieron en el nuevo hogar: Susana y María Elena Walsh. Once años de su vida pasaría en la casa “Tata María Elena”, desde que nació, en 1930, hasta que terminó la escuela primaria. El día que la abandonó fue el final de su infancia y su florecimiento como escritora. Los primeros versos que escribió fueron para sobrellevar la angustia que catalizó la expulsión abrupta de su refugio, separada del “misterio” de las habitaciones, los encuentros en la cocina y del jacarandá que aún crece en el patio central.
