
Bautizada San Martín, los escobarenses la convierten a diario en el núcleo de la vida cotidiana; el cambio de impronta paisajística no afecta su lugar en la memoria familiar comunitaria
“Escobar sigue siendo un pueblito chico”, dice Bocha Casino, funebrero querido por sus vecinos, cuando LA NACION llega al pulmón verde de una ciudad que se sitúa en el extremo de la zona norte del Gran Buenos Aires. Un pequeño bar sobre la calle Hipólito Yrigoyen, en el perímetro de la Plaza San Martín, es la parada obligada para refrescarse bajo un sol que golpea como en enero. Los comercios se ven vacíos, mientras en la plaza –es la principal– se observan unos pocos sobrevivientes que nunca interrumpen la mateada, hora tras hora sobre las lonas en el amplio espacio verde que les permite estirarse sin rozar a nadie.
